Unas noticias así nos devolvieron de golpe a la vida. Echamos el equipaje sobre los camellos al instante y partimos a través de las colinas onduladas de este extremo de la meseta de Siria.
Llevábamos el pan caliente en las manos y, mientras comíamos, se mezclaba con él el sabor del polvo de nuestra numerosa fuerza que cruzaba los fondos de los valles, y cierto rastro del extraño y penetrante olor del ajenjo que cubría las laderas.
En el aire sin aliento de estas tardes en los montes, tras los largos días del verano, todo impresionaba los sentidos con mucha agudeza; y al marchar en una gran columna, como íbamos, los camellos de la vanguardia levantaban las ramas aromáticas y cargadas de polvo de los arbustos, cuyas partículas de olor ascendían al aire y quedaban suspendidas en una larga bruma, perfumando el camino de los que venían detrás.
Las laderas estaban limpias con la agudeza del ajenjo, y las hondonadas eran opresivas por la riqueza de sus crecimientos más fuertes y exuberantes.
Nuestro paso nocturno bien podría haber sido a través de un jardín plantado, y estas variedades formar parte de la belleza invisible de sucesivos bancales de flores.
Los ruidos también eran muy claros. Auda prorrumpió en un canto, allá adelante, y los hombres se unieron de vez en cuando, con la grandeza, con el vuelco en el corazón, de un ejército que marcha a la batalla.
Cabalgamos toda la noche, y al llegar el alba desmontábamos en la cresta de las colinas entre Batra y Aba el Lissan, con una vista maravillosa hacia el oeste sobre la verde y dorada llanura de Guweira, y más allá hacia las montañas rojizas que ocultaban Ácaba y el mar.