El dos mil más cercano parecía más de nuestra medida. Les saldríamos al encuentro con la mitad de nuestras tropas regulares y dos de los cañones de Pisani.
Tallal estaba inquieto, pues la ruta que llevaban los conduciría a través de Tafas, su propio pueblo. Nos instó a darnos prisa para llegar allí y tomar la cresta al sur de la localidad.
Desafortunadamente, la prisa era solo un término relativo con hombres tan cansados. Cabalgué con mi tropa hacia Tafas, con la esperanza de ocupar una posición encubierta más allá del pueblo y librar una acción de retirada hasta que llegara el resto.
A mitad del camino salieron a nuestro encuentro unos árabes montados que arreaban una manada de prisioneros despojados de sus ropas hacia Sheikh Saad. Los conducían sin piedad, con los cardenales de los golpes marcados en azul sobre las espaldas marfileñas; pero los dejé hacer, pues se trataba de turcos del batallón de policía de Deraa, bajo cuyas iniquidades los rostros campesinos de la comarca habían vertido lágrimas y sangre innumerables veces.
Los árabes nos dijeron que la columna turca —el regimiento de lanceros de Djemal Pasha— ya estaba entrando en Tafas. Cuando pudimos divisarla, encontramos que habían tomado el pueblo (desde el cual se oía algún disparo ocasional) y estaban detenidos a su alrededor. Pequeñas columnas de humo se levantaban de entre las casas. En el terreno elevado de este lado, con los cardos hasta las rodillas, se hallaba un remanente de ancianos, mujeres y niños, que contaban historias terribles de lo que había pasado cuando los turcos irrumpieron una hora antes.
Permanecimos al acecho y vimos a la fuerza enemiga marchar, alejándose de su zona de concentración detrás de las casas.
Se dirigieron en buen orden hacia Miskin, con los lanceros a la cabeza y en la retaguardia, formaciones compuestas de infantería dispuestas en columna con apoyo de ametralladoras como protección en los flancos, cañones y una masa de transporte en el centro.
Abrimos fuego contra la cabeza de su columna en cuanto se dejó ver más allá de las casas. Como respuesta, giraron dos cañones de campaña hacia nosotros. La metralla iba, como de costumbre, con la espoleta demasiado larga y pasó inofensivamente por encima de nuestras cabezas.
Nuri llegó con Pisani. Ante sus filas cabalgaba Auda abu Tayi, expectante, y Tallal, casi frenético por los relatos que su gente vertía sobre los sufrimientos del pueblo. Los últimos turcos lo estaban abandonando ya.
Nos deslizamos tras ellos para poner fin a la zozobra de Tallal, mientras nuestra infantería tomaba posiciones y disparaba con fuerza con la Hotchkiss; Pisani hizo avanzar su semibatería entre ellos, de modo que el alto explosivo francés sembró la confusión en la retaguardia.
El pueblo yacía en silencio bajo sus lentos penachos de humo blanco, mientras nos acercábamos con cautela. Unos montones grises parecían ocultarse en la hierba alta, abrazando la tierra de la manera íntima de los cadáveres. Apartamos la mirada de ellos, sabiendo que estaban muertos; pero de uno de ellos se apartó tambaleándose una pequeña figura, como para escapar de nosotros.
Era un niño, de tres o cuatro años, cuya sucia bata estaba manchada de rojo sobre un hombro y un costado, con la sangre de una gran herida semifi-brosa, tal vez una lanzada, justo donde el cuello y el cuerpo se unían.
El niño corrió unos pasos, luego se detuvo y nos gritó con un tono de asombrosa fuerza (estando todo lo demás muy en silencio): «No me pegues, Baba».
Abd el Aziz, ahogando sollozos —este era su pueblo, y ella bien podía ser de su familia—, se arrojó de su camello y tropezó, cayendo de rodillas en la hierba junto al niño.
Su brusquedad la asustó, pues levantó los brazos e intentó gritar; pero, en su lugar, cayó hecha un pequeño ovillo, mientras la sangre volvía a brotar sobre su ropa; entonces, creo, murió.
Pasamos junto a otros cuerpos de hombres y mujeres y cuatro bebés muertos más, que se veían muy sucios a la luz del día, rumbo al pueblo; cuya soledad sabíamos ahora que significaba muerte y horror.
Por las afueras había muros bajos de barro, corrales para ovejas, y sobre uno de ellos algo rojo y blanco. Miré de cerca y vi el cuerpo de una mujer doblado sobre este, boca abajo, clavado allí por una bayoneta de sierra cuyo mango sobresalía odiosamente en el aire de entre sus piernas desnudas.
Había estado embarazada, y a su alrededor yacían otros, tal vez unos veinte en total, muertos de diversas maneras, pero dispuestos de acuerdo con un gusto obsceno.
Los Zaagi estallaron en salvajes carcajadas, aún más desoladas bajo el cálido sol y el aire despejado de esta tarde serrana.
Dije: «El mejor de vosotros me trae más turcos muertos», y nos fuimos tras el enemigo que se desvanecía, disparando por el camino contra los que se habían quedado rezagados a la vera del sendero y venían a implorar nuestra piedad.
Un turco herido, casi desnudo, incapaz de tenerse en pie, se sentó y nos lloró. Abdulla apartó la cabeza de su camello, pero el Zaagi, entre maldiciones, se cruzó en su camino y le metió tres balas de su pistola automática en el pecho desnudo. La sangre salió a borbotones con los latidos de su corazón, latido, latido, latido, cada vez más lentos.
Tallal había visto lo que nosotros habíamos visto. Dio un gemido como el de un animal herido; luego subió al terreno elevado y se quedó allí un momento sobre su yegua, temblando y mirando fijamente a los turcos.
Me acerqué para hablarle, pero Auda me agarró de la brida y me detuvo. Muy lentamente, Tallal se cubrió el rostro con el pañuelo de la cabeza; y entonces pareció cobrar conciencia de sí mismo de repente, pues clavó los estribos en los ijares de la yegua y galopó desesperado, inclinándose y balanceándose en la silla, directo hacia el grueso del enemigo.
Fue un largo descenso por una suave pendiente y a través de un hondonada. Nos quedamos allí como estatuas mientras él avanzaba a toda carrera, con el redoble de sus casco resonando en nuestros oídos de forma antinatural, pues habíamos dejado de disparar y los turcos también.
Ambos ejércitos lo esperaban; y él continuó meciéndose en la tarde silenciosa hasta quedar a pocos metros del enemigo. Entonces se incorporó en la silla de montar y lanzó su grito de guerra, «Tallal, Tallal», dos veces con un grito tremendo.
Al instante, sus rifles y ametralladoras rompieron a fuego, y él y su yegua, acribillados a balazos de parte a parte, cayeron muertos entre las puntas de las lanzas.
Auda parecía muy frío y sombrío.
«Dios le tenga piedad; nosotros cobraremos su precio».
Sacudió las riendas y avanzó lentamente tras el enemigo. Llamamos a los campesinos, ahora borrachos de miedo y de sangre, y los enviamos por un lado y por otro contra la columna en retirada.
El viejo león de batalla despertó en el corazón de Auda y lo convirtió de nuevo en nuestro líder natural e inevitable. Con un giro hábil arrastró a los turcos hacia un terreno desfavorable y dividió su formación en tres partes.
La tercera parte, la más pequeña, estaba compuesta principalmente por ametralladores alemanes y austriacos agrupados en torno a tres automóviles, y un puñado de oficiales o jinetes montados. Lucharon magníficamente y nos repelió una y otra vez a pesar de nuestra dureza.
Los árabes luchaban como demonios, el sudor nublándoles los ojos, el polvo resecándoles la garganta; mientras que el fuego de la crueldad y la venganza que les ardía en el cuerpo los retorcía de tal manera, que sus manos apenas podían disparar. Por orden mía no hicimos prisioneros, por única vez en nuestra guerra.
Por fin dejamos atrás esta sección obstinada y perseguimos a los dos más rápidos. Estaban presas del pánico y, al ponerse el sol, habíamos destruido hasta el último de sus fragmentos, salvo el más pequeño, ganando según y por lo que ellos perdían.
Grupos de campesinos acudían en masa a nuestro avance. Al principio había cinco o seis por cada arma; luego uno conseguía una bayoneta, otro una espada, un tercero una pistola. Una hora más tarde los que habían ido a pie iban montados en burros. Después cada hombre tenía un fusil y un caballo capturado.
Al caer la noche los caballos iban cargados y la fértil llanura estaba salpicada de hombres y animales muertos. En una locura nacida del horror de Tafas matábamos y matábamos, llegando a destrozarles la cabeza a los caídos y a los animales; como si su muerte y su sangre corrompida pudieran calmar nuestra agonía.
Solo un grupo de árabes, que no había oído nuestras noticias, hizo prisioneros a los últimos dos hombres del sector central. Su tregua fue breve. Yo había subido para averiguar el motivo, no del todo indispuesto a que se dejara vivir a este remanente como testigos del precio de Tallal; pero un hombre en el suelo detrás de ellos le gritó algo a los árabes, quienes con rostros pálidos me llevaron de la mano para que lo viera. Era uno de los nuestros, con el muslo destrozado. La sangre había brotado sobre la tierra roja, dejándolo moribundo; pero ni aun así se le había perdonado la vida. A la manera de la batalla de hoy, había sido además atormentado con bayonetas clavadas a martillazos a través de su hombro y de la otra pierna contra el suelo, fijándolo como a un insecto de colección.
Estaba totalmente consciente. Cuando dijimos: «Hassan, ¿quién lo ha hecho?», bajó los ojos hacia los prisioneros, que se acurrucaban juntos con un desamparo absoluto.
No dijeron nada en los momentos previos a que abriéramos fuego. Por fin su montón dejó de moverse; y Hassan estaba muerto; y volvimos a montar y cabalgamos despacio hacia casa (la casa era mi alfombra, a tres o cuatro horas de nosotros en Sheikh Saad) en la penumbra, que se sentía tan gélida ahora que se había puesto el sol.
Sin embargo, entre heridas, dolores y cansancio, no podía dejar de pensar en Tallal, el espléndido líder, el excelente jinete, el cortés y fuerte compañero de camino; y al cabo de un rato hice que me trajeran mi otro camello y, con uno de mis guardaespaldas, cabalgué hacia la noche para unirme a nuestros hombres que perseguían a la columna principal de Deraa.
Estaba muy oscuro, con un viento que soplaba en grandes ráfagas desde el sur y el este; y solo por el ruido de los disparos que nos llegaba arrastrado y por los ocasionales destellos de los cañones, dimos al fin con el combate.
Cada campo y cada valle tenían a sus turcos tropezando ciegamente hacia el norte. Los nuestros resistían aferrados al terreno. La caída de la noche les había dado más audacia, y ahora estaban entablando combate cuerpo a cuerpo con el enemigo.
Cada pueblo, a medida que la lucha avanzaba hacia él, se sumaba a la brega; y el viento negro y helado bullía con disparos de fusil, gritos, descargas de los turcos y el estrépito de las cargas a galope, mientras pequeños bandos de ambos bandos chocaban frenéticamente entre sí.
El enemigo había intentado detenerse y acampar al atardecer, pero Khalid los había vuelto a poner en marcha.
Unos marchaban, otros se quedaban. Muchos caían dormidos en el mismo sitio debido al agotamiento.
Habían perdido el orden y la cohesión, y vagaban a través de la ráfaga en desolados grupos, listos para disparar y huir ante cualquier contacto con nosotros o entre ellos; y los árabes estaban igual de dispersos, y casi con la misma incertidumbre.
Excepción fueron los destacamentos alemanes; y aquí, por primera vez, sentí orgullo del enemigo que había matado a mis hermanos. Estaban a dos mil millas de su hogar, sin esperanza y sin guías, en condiciones lo suficientemente enloquecedoras como para quebrantar los nervios más valientes.
Aun así, sus secciones se mantenían unidas, en firme formación, abriéndose paso entre los restos de turcos y árabes como naves acorazadas, de rostro altivo y en silencio. Cuando eran atacados, se detenían, tomaban posiciones, abrían fuego de manera ordenada. No había prisa, ni gritos, ni vacilación. Eran gloriosos.
Al fin encontré a Jalid y le pedí que llamara a los rualla y dejara esta derrota en manos del tiempo y de los campesinos.
Un trabajo más pesado, quizás, aguardaba hacia el sur. Al atardecer había corrido un rumor por nuestra llanura de que Deraa estaba vacía, y Trad, el hermano de Jalid, con una buena mitad de los anazeh, había cabalgado para comprobarlo. Temía un revés para él, ya que aún debía de haber turcos en el lugar, y más luchando por llegar hasta allí por el ferrocarril y a través de las colinas de Irbid. En efecto, a menos que Barrow, de quien se nos informó por última vez que se había retrasado en Remthe, hubiera perdido el contacto con su enemigo, todavía debía de haber una retaguardia en combate que los siguiera.
Quería que Jalid apoyara a su hermano. Tras una hora o dos de gritar su mensaje al viento, cientos de jinetes montados a caballo y en camello se habían unido a él. De camino a Deraá cargó a través y por encima de varios destacamentos turcos bajo el parpadeo de las estrellas, y llegó para descubrir que Trad tenía el control seguro. Se había abierto paso en el crepúsculo avanzado, tomando la estación al galope, saltando trincheras y borrando del mapa a los escasos elementos turcos que aún intentaban resistir.
Con ayuda local, los rualla saquearon el campamento, hallando especialmente botín en los almacenes que ardían con fiereza, cuyos techos llameantes ponían en peligro sus vidas; pero aquella era una de esas noches en las que la humanidad enloquecía, en las que la muerte parecía imposible, por muchos que murieran a diestra y siniestra, y en las que las vidas ajenas se convertían en juguetes que romper y tirar.
El jeque Saad pasó una tarde turbulenta de alarmas, disparos y gritos, con amenazas de los campesinos de asesinar a los prisioneros como precio añadido por Tallal y su aldea.
Los jeques activos andaban cazando a los turcos, y su ausencia, junto con la de sus vasallos, privó al campamento árabe de sus jefes experimentados y de sus ojos y oídos.
Las rencillas latentes entre los clanes habían despertado en la sed de sangre de la tarde de matanza, y Nasir y Nuri Said, Young y Winterton tuvieron que esforzarse al máximo para mantener la paz.
Llegué pasada la medianoche y encontrábase que los emisarios de Trad acababan de llegar de Deraa. Nasi se marchó para reunirse con él. Había deseado dormir, pues esta era mi cuarta noche cabalgando; mas mi mente no me permitía sentir cuán cansado estaba mi cuerpo, así que hacia las dos de la mañana monté un tercer camello y salí al trote hacia Deraa, de nuevo por el camino de Tafas, barlovento arriba de la aldea oscura.
Nuri Said y su estado mayor marchaban por el mismo camino adelantados a su infantería montada, y nuestros grupos se apresuraron juntos hasta que llegó la penumbra. Entonces mi impaciencia y el frío no me permitieron seguir a paso de caballo ni un minuto más. Le di rienda suelta a mi camello —la gran y rebelde Baha— y esta se estiró por el campo, compitiendo con mis agotados seguidores milla tras milla con zancadas de pistón como una máquina, de modo que entré en Deraa completamente solo al amanecer.
Nasir estaba en la casa del alcalde, organizando un gobernador militar y a la policía, y una inquisición del lugar; yo complementé sus ideas, poniendo guardias en las bombas y los cobertizos de las máquinas y lo que quedaba de los talleres de herramientas o almacenes.
Luego, en una hora de charla, estructuré públicamente un programa de lo que la situación les exigiría, si no querían perder el control. El pobre Nasir miraba estupefacto.
Pregunté por el general Barrow. Un hombre que acababa de llegar a caballo desde el oeste nos contó que los ingleses le habían disparado mientras se desplegaban para atacar el pueblo. Para evitar un accidente semejante, el Zaagi y yo cabalgamos cañón arriba por el Buweib, en cuya cresta se vislumbraba un fuerte puesto de ametralladoras indias. Apuntaron sus armas hacia nosotros, orgullosos de unas piezas tan magníficamente vestidas.
Sin embargo, apareció un oficial con algunos soldados de caballería británicos, y ante ellos me expliqué. En efecto, se hallaban en plena maniobra de cerco contra Deraa y, mientras observábamos, sus aeroplanos bombardearon al desdichado Nuri Said en el momento en que entraba a caballo en la estación de ferrocarril.
Este fue su castigo por perder la carrera desde Sheikh Saad; pero, para poner fin a aquello, me apresuré a bajar hasta donde el general Barrow inspeccionaba los puestos avanzados en un automóvil.
Le conté que habíamos pasado la noche en el pueblo, y que los tiros que había oído eran salvas de alegría. Fue cortante conmigo; pero sentí poca lástima por él, pues se había retrasado un día y una noche bebiendo en los pobres pozos de Remthe, a pesar de que su mapa mostraba el lago y el río de Mezerib más adelante, en el camino por el que el enemigo estaba escapando. Sin embargo, sus órdenes eran Deraa, y a Deraa iría.
Me dijo que cabalgara a su lado; pero sus caballos aborrecían a mi camello, así que el Estado Mayor avanzaba a los saltos por la cuneta, mientras yo desfilaba con sobriedad por la coronilla del camino.
Dijo que tenía que apostar centinelas en el pueblo para mantener al vecindario en orden. Le expliqué con suavidad que los árabes ya habían nombrado a su gobernador militar.
Junto a los pozos dijo que sus zapadores debían inspeccionar las bombas. Le respondí agradeciendo su ayuda. Habíamos encendido los hornos y esperábamos empezar a abrevar a sus caballos en una hora.
Soltó un ronquido bufando que parecía que estábamos en nuestra propia casa; él se haría cargo únicamente de la estación de ferrocarril. Señalé la locomotora que salía hacia Mzerib (donde nuestro pequeño jeque había impedido que los turcos volaran el puente de Tell el Shehab, convertido ahora en propiedad árabe) y le pedí que diera instrucciones a sus centinelas para que no interfirieran con el funcionamiento adecuado de nuestra línea.
No había recibido órdenes sobre el estatus de los árabes. Clayton nos hizo este favor, pensando que mereceríamos lo que fuéramos capaces de afirmar; de modo que Barrow, que había entrado considerándolos un pueblo conquistado, aunque atónito ante mi calmada presunción de que era mi huésped, no tuvo más opción que seguir el ejemplo de semejante seguridad.
Mi cabeza funcionaba a toda velocidad en esos minutos, en beneficio mutuo, para evitar los fatales primeros pasos con los que los británicos carentes de imaginación, con la mejor voluntad del mundo, solían privar al nativo sumiso de la disciplina de la responsabilidad, y creaban una situación que requería años de agitación, reformas sucesivas y revueltas para enmendarse.
Había estudiado a Barrow y estaba preparado para él. Años antes, había publicado su profesión de fe en el miedo como el principal incentivo del vulgo para la acción en la guerra y en la paz.
Ahora encontraba el miedo como un motivo ruin, sobrevalorado; ningún disuasivo y, aunque estimulante, un estímulo venenoso, cuya cada inyección servía para consumir más del organismo al que se aplicaba.
No podía entablar ninguna alianza con su creencia pedante de asustar a los hombres para llevarlos al cielo: era mejor que Barrow y yo nos separáramos de inmediato. Mi instinto ante lo inevitable era provocarlo. Por lo tanto, me muestré muy erizado y altivo.
Barrow se rindió a mí pidiéndome que le consiguiera forraje y víveres. En efecto, pronto nos llevamos bien.
En la plaza le enseñé el pequeño banderín de seda de Nasir, apoyado en el balcón de la oficina gubernamental carbonizada, con un centinela bostezante debajo. Barrow se encogió de hombros y saludó marcialmente, mientras una oleada de satisfacción por el cumplido del General recorría a los oficiales y hombres árabes.
A cambio, nos esforzamos por mantener la autoafirmación dentro de los límites de la necesidad política. A todos los árabes les inculcamos que estas tropas indias eran huéspedes, a los que había que permitir, más aún, ayudar, a hacer cuanto desearan. La doctrina nos condujo a lugares inesperados.
Desapareció hasta el último pollo de la aldea, y tres sowars se llevaron el estandarte de Nasir, codiciando los pomos de plata y la punta de su delicado asta. Esto marcaba un contraste entre el general inglés que saludaba y el soldado de caballería indio que robaba: un contraste bienvenido para la vacilación racial árabe hacia los indios.
Mientras tanto, en todas partes capturábamos hombres y cañones. Nuestros prisioneros se podían contar por millares. A algunos se los entregamos a los británicos, que los volvieron a contar; a la mayoría los alojamos en las aldeas.
Azrak se enteró de la noticia completa de la victoria. Faisal llegó un día después, con nuestra fila de coches blindados siguiendo a su Vauxhall. Se instaló en la estación. Fui a verlo con mi informe de gestión: al terminar el relato, la habitación tembló con un leve terremoto.