origen de todos estos credos. Eran afirmaciones, no argumentos; por lo que exigían un profeta para exponerlas. Los árabes decían que había habido cuarenta mil profetas: de al menos unos cientos teníamos constancia. Ninguno de ellos había pertenecido al desierto; pero sus vidas seguían un mismo patrón. Su nacimiento los situaba en lugares populosos. Un anhelo ininteligible y apasionado los empujaba hacia el desierto. Allí vivían mayor o menor tiempo en meditación y abandono físico; y desde allí regresaban con su mensaje imaginado ya articulado, para predicarlo a sus antiguos, y ahora dubitativos, allegados. Los fundadores de los tres grandes credos cumplieron este ciclo: su posible coincidencia quedó demostrada como ley por las biografías paralelas de la miríada de otros, los desafortunados que fracasaron, de quienes podríamos juzgar que su vocación no fue menos verdadera, pero para quienes el tiempo y el desencanto no habían acumulado almas secas listas para ser incendiadas. Para los pensadores de la ciudad, el impulso hacia Nitria había resultado siempre irresistible, probablemente no porque encontraran a Dios morando allí, sino porque en su soledad escuchaban con mayor certeza la palabra viva que traían consigo.
La base común de todos los credos semíticos, vencedores o vencidos, era la idea siempre presente de la inutilidad del mundo. Su profunda repulsión por la materia los llevó a predicar la austeridad, la renuncia, la pobreza; y la atmósfera de este invento sofocó implacablemente las mentes del desierto. Un primer conocimiento de su sentido de la pureza de la rarefacción me fue dado en mis primeros años, cuando habíamos cabalgado muy lejos