Luego otra vez adelante, avanzando con paso pesado a través de un silencio de la noche tan intenso que continuamente nos volvíamos en las sillas de montar ante ruidos imaginarios allá junto al manto de estrellas. Pero la actividad residía en nosotros, en el crujido de nuestro paso entre la maleza perfumada como flores de fantasma a nuestro alrededor.
Avanzamos hacia el amanecer tardísimo. Al salir el sol nos encontrábamos muy adentro de la llanura a través de la cual haces de cursos de agua convergían hacia Arish: y nos detuvimos para dar a nuestros camellos unos minutos de simulacro de pasto. Luego otra vez en la silla hasta el mediodía, y pasada la hora del mediodía, cuando tras el espejismo se alzaban las solitarias ruinas de Nekhl. Estas las dejamos a nuestra derecha. A la puesta del sol nos detuvimos durante una hora.
Los camellos iban perezosos, y nosotros mismos estábamos agotados; pero Motlog, el tuerto dueño de Jedhah, nos llamó a la acción.
Volvimos a montar y, a un paso mecánico, subimos las colinas de Mitla. Salió la luna y sus cumbres, contorneadas por líneas de forma de estratos calizos, brillaban como si fueran de un cristalino de nieve.
Al alba pasamos junto a un melonar, sembrado por algún árabe aventurero en esta tierra de nadie entre los ejércitos.
Detuvimos otra de nuestras preciosas horas, soltando a los camellos, disgustados, para que buscaran alimento por los valles de arena, mientras abríamos los melones inmaduros y refrescábamos nuestros labios agrietados con su pulpa esponjosa.
Luego otra vez adelante, bajo el calor del nuevo día; aunque el valle del canal, constantemente refrescado por las brisas del golfo de Suez, nunca resultaba demasiado agobiante.
A mediodía habíamos atravesado las dunas, tras un feliz recorrido en montaña rusa subiendo y bajando por sus olas, y salido a la llanura más