golpeara, y las monturas para que no crujieran. Su mutismo oscurecía aún más la oscuridad y acrecentaba la amenaza de aquellos valles susurrantes a ambos lados. Olas de aire húmedo procedentes del río nos salieron al encuentro, gélidas en nuestros rostros; y entonces Rahail bajó raudo desde la izquierda y me cogió del brazo, señalando una lenta columna de humo blanco que ascendía desde el valle.
Corrimos hasta el borde de la pendiente y nos asomamos: pero la profundidad era gris por la neblina levantada del agua, y solo vimos penumbra y este vapor pálido que se elevaba en espiral desde el banco de niebla uniforme.
En algún lugar allá abajo estaba la vía férrea, y detuvimos la marcha, temiendo que aquello fuera la trampa sospechada. Tres de nosotros bajamos paso a paso por la ladera resbaladiza hasta que pudimos oír voces.
Entonces, de repente, el humo se abrió y se desplazó, con el jadeo de un regulador abierto y, después, el chirrido de los frenos cuando una locomotora volvió a detenerse. Debía de haber un tren largo esperando abajo; tranquilos, reemprendimos la marcha hasta el mismo saliente situado debajo del pueblo.
Nos extendimos en fila a lo largo de su cuello, y esperamos cinco minutos, diez minutos. Pasaron lentamente. La oscuridad brumosa anterior a la salida de la luna era imponente en su solidez, y habría impuesto paciencia a nuestros inquietos compañeros, sin las advertencias añadidas de los perros y el intermitente y resonante desafío de los centinelas alrededor del puente. Por fin dejamos que los hombres se deslizaron silenciosamente de sus camellos al suelo, y nos quedamos sentados preguntándonos por la