En el Ayuntamiento las cosas eran distintas. Sus escalones y escalinatas estaban abarrotados de una muchedumbre oscilante: gritando, abrazándose, bailando, cantando. Nos abrieron paso a empujones hasta la antesala, donde estaban el refulgente Nasir y Nuri Shaalan, sentados.
A ambos lados de ellos se encontraban Abd el Kader, mi antiguo enemigo, y Mohammed Said, su hermano. Me quedé mudo de asombro. Mohammed Said dio un salto hacia adelante y gritó que ellos, nietos de Abd el Kader, el Emir, junto con Shukri el Ayubi, de la casa de Saladino, habían formado el gobierno y proclamado ayer a Hussein «Rey de los árabes», a oídos de los humillados turcos y alemanes.
Mientras él despotricaba, me volví hacia Shukri, que no era un estadista, sino un hombre querido, casi un mártir a los ojos del pueblo, debido a lo que había sufrido a manos de Jemal. Me contó cómo los argelinos, los únicos en todo Damasco, habían apoyado a los turcos hasta que los vieron huir. Entonces, con sus argelinos, habían irrumpido en el comité de Feisal, allí donde se reunía en secreto, y habían tomado el control brutalmente.
Eran fanáticos cuyas ideas eran teológicas, no lógicas; y me volví hacia Nasir, con la intención de contener por medio de él su insolencia desde el principio mismo; pero se produjo una distracción. La turba vociferante a nuestro alrededor se abrió como si un ariete la atravesara, cayendo hombres a diestra y siniestra entre sillas y mesas destrozadas, mientras el rugido tremendo de una voz familiar se imponía y los silenciaba por completo.
En el espacio despejado estaban Auda abu Tayi y Sultán el Atrash, jefe de los drusos, desgarrándose el uno al otro. Sus seguidores se precipitaron hacia adelante, mientras yo saltaba para separarlos; chocando con Mohammed el Dheilan, impulsado por el mismo propósito. Juntos los separamos y obligamos a Auda a retroceder un paso, mientras Hussein el