Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XXXIII

mí a través del forro amarillo de la lona de la tienda, cuyos agujeros y desgarros estaban atravesados por una larga daga de luz solar. Oía el rítmico zapateo y los soplidos de los caballos acosados por las moscas donde permanecían a la sombra de los árboles, el quejido de los camellos, el repiqueteo de los almireces de café, disparos lejanos. Al compás de todos ellos comencé a tamborilear el objetivo en la guerra. Los libros lo exponían con claridad: la destrucción de las fuerzas armadas del enemigo mediante un único proceso: la batalla. La victoria solo podía comprarse con sangre. Esta era una dura sentencia para nosotros. Como los árabes no tenían fuerzas organizadas, ¿un Foch turco carecería de objetivo? Los árabes no tolerarían bajas. ¿Cómo compraría su victoria nuestro Clausewitz? Von der Goltz había parecido ir más hondo al afirmar que era necesario no aniquilar al enemigo, sino quebrantar su valor. Solo que nosotros no dábamos muestras de poder quebrantar el valor de nadie jamás.

Sin embargo, Goltz era un farsante, y estos sabios debían de estar hablando en metáforas; pues sin lugar a dudas estábamos ganando nuestra guerra; y mientras reflexionaba, lentamente comprendí que habíamos ganado la guerra del Hiyaz.

De cada mil millas cuadradas del Hiyaz, novecientas noventa y nueve eran ya libres. ¿Acaso mi broma provocada a Vickery, de que la rebelión se parecía más a la paz que a la guerra, contenía tanta verdad como precipitación? Tal vez en la guerra reinara lo absoluto, pero para la paz una mayoría era suficiente.

Si reteníamos el resto, los turcos podían quedarse con la diminuta fracción sobre la que se encontraban, hasta que la paz o el Día del Juicio Final les demostrara la inutilidad de aferrarse a nuestro alféizar.

Me aparté una vez más las mismas moscas de la cara con paciencia, contento de saber que la guerra del Hiyaz estaba ganada y terminada:

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