Cuando supo que el enemigo los había interceptado, Meinertzhagen cabalgó con sus libretas de notas en misión de reconocimiento. Avanzó hasta que el enemigo lo vio. En la consiguiente galopada perdió todo su equipo suelto y por poco la vida, pero se vio recompensado al ver las reservas enemigas retenidas tras Gaza y todos sus preparativos girados hacia la costa y rebajados en su urgencia. Simultáneamente, una orden del ejército de Alí Fuad Pasha advertía a su estado mayor contra la costumbre de llevar documentos a la línea de frente.
Nosotros, en el frente árabe, éramos muy íntimos del enemigo. Nuestros oficiales árabes habían sido oficiales turcos y conocían personalmente a todos los líderes del otro bando. Habían recibido el mismo entrenamiento, pensaban igual, compartían el mismo punto de vista.
Practicando modos de aproximación con los árabes, podíamos explorar a los turcos: comprender sus mentes, casi meternos en ellas. La relación entre nosotros y ellos era total, pues la población civil de la zona enemiga era íntegramente nuestra sin necesidad de paga ni persuasión. En consecuencia, nuestro servicio de inteligencia era el más amplio, completo y seguro imaginable.
Conocíamos, mejor que Allenby, la oquedad del enemigo y la magnitud de los recursos británicos. Subestimamos el efecto paralizante de la artillería demasiado abundante de Allenby, y la pesada complejidad de su infantería y su caballería, que solo se movían con una lentitud reumática. Esperábamos que a Allenby se le concediera un mes de buen tiempo; y, en ese caso, confiábamos en verle tomar, no solo Jerusalén, sino también Haifa, barriendo a los turcos hacia la ruina a través de las colinas.
Tal sería nuestro momento, y debíamos estar preparados para él en el lugar donde nuestro peso y nuestras tácticas fuesen menos esperados y más dañinos. Para mis ojos, el centro de atracción era Deraa, el cruce de los ferrocarriles de Jerusalén-Haifa-Damasco-Medina, el ombligo de los ejércitos turcos