alcanzar la sencillez. Estas gentes estaban realizando por nuestra causa la cúspide de la ambición nómada: una orgía continua de cordero hervido. Mi paraíso bien podría haber sido un cómodo sillón solitario, un atril y las obras completas de los poetas, en tipografía Caslon, impresas en papel resistente; pero yo llevaba veintiocho años bien alimentado, y si la imaginación árabe discurría en torno a fuentes de comida, tanto más alcanzable era su dicha. Habían sido previsores expresamente por nosotros. Pocos días antes de nuestra llegada, un zagal se había hospedado con ellos y, por orden de Auda, le habían comprado sus cincuenta ovejas para agasajarnos dignamente. En quince comidas (una semana) nos las habíamos comido todas, y la hospitalidad se consumía hasta apagarse.
La digestión volvió, y con ella nuestra capacidad de movimiento. Estábamos muy cansados de Sirhan. El paisaje era de una desesperanza y una tristeza más profundas que las de todos los desiertos abiertos que habíamos atravesado.
La arena, o el sílex, o un desierto de rocas desnudas resultaban a veces emocionantes y, bajo ciertas luces, poseían la belleza monstruosa de la desolación estéril; pero había algo siniestro, algo activamente maligno en este Sirhan consagrado a las serpientes, prolífico en agua salada, palmeras estériles y arbustos que no servían ni para pasto ni para leña.
En consecuencia, marchamos un día y otro, más allá de Ghutti, cuyo débil pozo era casi dulce. Cuando nos acercamos a Ageila, vimos que estaba ocupada por muchas tiendas y, al poco tiempo, un destacamento salió a nuestro encuentro. Eran Auda abu Tayi, de regreso sano y salvo tras su visita a Nuri Shaalan, junto con el tuerto Durzi ibn Dughmi, nuestro antiguo huésped en Wejh. Su presencia demostraba el favor de Nuri, al igual que su fuerte