Mezcladas entre los ansaririya había colonias de cristianos sirios; y en la curva del Orontes había habido algunos bloques firmes de armenios, hostiles a Turquía.
Tierra adentro, cerca de Harim, había drusos, de origen árabe; y algunos circasianos procedentes del Cáucaso. Estos estaban enemistados con todo el mundo.
Al noreste de ellos se hallaban los kurdos, colonos de hacía algunas generaciones, que se casaban con árabes y adoptaban su política. Odiaban sobre todo a los cristianos nativos; y, después de ellos, a los turcos y a los europeos.
Más allá de los kurdos vivían algunos yezidíes, de lengua árabe, pero con el pensamiento afectado por el dualismo de Irán y propensos a aplacar al espíritu del mal. Cristianos, mahometanos y judíos, pueblos que anteponían la revelación a la razón, se unían para escupir sobre Yezid.
Tierra adentro se hallaba Alepo, una ciudad de dos habitantes, epítome de todas las razas y religiones de Turquía. Al este de Alepo, a lo largo de sesenta millas, se asentaban árabes cuyo color y costumbres se volvían cada vez más tribales a medida que se acercaban al confín del cultivo, allí donde terminaba el seminómada y empezaba el badauí.
Un corte a través de Siria, del mar al desierto, un grado más al sur, comenzaba en colonias de circasianos musulmanes cerca de la costa. En la nueva generación hablaban árabe y eran una raza ingeniosa, pero pendenciera, muy resistida por sus vecinos árabes. Tierra adentro de ellos estaban los ismaelitas. Estos inmigrantes persas se habían vuelto árabes en el curso de los siglos, pero veneraban entre ellos a