Diplomáticamente, Hogarth no respondió palabra, sino que me llevó a desayunar con Clayton. Allí deduje que Smuts había venido del Gabinete de Guerra a Palestina, con noticias que habían cambiado nuestra situación relativa. Durante días habían estado intentando llevarme a las Conferencias y, por último, habían enviado aeroplanos para encontrar Tafila; pero los pilotos habían dejado caer sus mensajes cerca de Shobek, entre árabes demasiado acobardados por el tiempo como para moverse.
Clayton dijo que en las nuevas condiciones no podía plantearse dejarme marchar. El Este apenas iba a comenzar ahora.
Allenby me dijo que el Gabinete de Guerra lo estaba presionando fuertemente para enmendar el estancamiento del Oeste. Tenía que tomar al menos Damasco; y, de ser posible, Alepo, tan pronto como pudiera. Turquía debía ser eliminada de la guerra de una vez por todas.
Su dificultad residía en su flanco oriental, el derecho, que en ese momento descansaba sobre el Jordán. Me había llamado para considerar si los árabes podían liberarlo de esa carga.
No había escapatoria para mí. Tenía que volver a ponerme mi manto de impostura en el Este. Con mi seguro desprecio por las medias tintas, me lo puse rápidamente y me envolví en él por completo.
Podía ser fraude o podía ser farsa: nadie diría que no sabía interpretarlo. Así que ni siquiera mencioné las razones que me habían traído al otro lado; sino que señalé que este era el plan del Jordán visto desde la perspectiva británica. Allenby asentía, y preguntó si aún podíamos llevarlo a cabo. Dije: Por ahora no, a menos que primero se descartaran nuevos factores.