Así pues, apresuramos el trabajo por relevos a toda marcha bajo el calor del mediodía, convirtiendo en peones a todos nuestros compañeros dispuestos a cooperar. Era una excavación fácil, pues la explosión que había movido las piedras había aflojado la tierra.
A medida que cavaban y arrojaban la tierra, el núcleo del pozo se alzaba como una torre de piedras toscas en el centro del foso.
Con muchísimo cuidado comenzamos a retirar el remate destruido de la pila: un trabajo difícil, pues las piedras se habían trabado al caer; pero esto era mejor señal, y nuestros ánimos se elevaron.
Antes de la puesta del sol, los obreros gritaron que ya no había tierra de relleno, que los intersticios entre los bloques estaban despejados y oyeron los fragmentos de lodo que sefiltraban chapoteando muchos pies más abajo.
Media hora más tarde se oyó un estruendo y rodar de piedras en la boca, seguido de un fuerte chapuzón y gritos. Corrimos hacia abajo y, a la luz de la antorcha del Mirzugi, vimos el pozo abierto de par en par, ya no como un tubo, sino como un foso hondo de hombros anchos, de veinte pies de ancho en el fondo, que era negro de agua y blanco en el medio por la espuma donde el Ageyli que había estado limpiando cuando se resbaló la clave, braceaba con energía en su esfuerzo por no ahogarse.
Todo el mundo se reía de él pozo abajo, hasta que por fin Abdulla le bajó una soga con nudo corredizo y lo subimos, muy mojado y enfadado, pero sin sufrir ningún daño por su caída.
Premio a los excavadores y los invitamos a un banquete a base de un camello flaco que había flaqueado en la marcha de hoy; y luego nos pasamos toda la noche abrevando, mientras un pelotón de ageyls, con un largo estribillo, izaba hasta el nivel del suelo un garganto de ocho pies de lodo y piedras.