Las nubes habían cerrado extrañamente la hondonada, cortando el cielo medio en una capa plana de cuajada al nivel de la cima de la colina en la que estábamos: las contemplamos extasiados durante unos minutos. A cada instante, un jirón de su materia algodonosa de espuma de mar se desprendía y se lanzaba contra nosotros. Nosotros, en el muro de los acantilados, sentíamos cómo nos azotaba la cara y, al girarnos, veíamos un dobladillo blanco que se extendía sobre la cresta escarpada, se hacía garras y se desvanecía en un polvillo de granos de escarcha o en un hilo de agua sobre el suelo de turba.
Después de habernos maravillado ante el cielo, nos deslizamos y corrimos alegremente paso abajo hacia la arena seca, en un aire tranquilo y templado.
Sin embargo, el placer no fue intenso, como habíamos esperado. El dolor de la sangre abriéndose paso una vez más a través de nuestros congelados miembros y rostros fue mucho más agudo que el dolor de su expulsión: y fuimos conscientes de que nuestros pies habían sido desgarrados y machacados casi hasta convertirse en pulpa entre las piedras.
No los habíamos sentido delicados mientras estábamos en el lodo helado; pero esta arena cálida y salada estregaba los cortes. Desesperados, montamos en nuestros tristes camellos y los arreamos mecánicamente hacia Guweira. No obstante, el cambio los había puesto más contentos, y nos llevaron de regreso allí con serenidad, pero con éxito.