Su concepción militar de la lealtad a su cargo lo arrastró a un intento camaleónico de imitar tanto las debilidades como las virtudes de su superior. Dos de los oficiales del Estado Mayor secundaron a sus líderes a pie juntillas; y así el desdichado McMahon se vio privado de la ayuda del ejército y reducido a librar su guerra en Arabia con la asistencia de los agregados de la Oficina del Asuntos Exteriores. Incluso estos resultaron no serle del todo leales. Algunos parecían resentirse de una guerra que permitía a los de fuera meter las narices en sus asuntos. Además, el adiestramiento en el ocultamiento, único medio con el que las trivialidades cotidianas de la diplomacia lograban parecer cosa de hombres, había calado tanto en ellos que, cuando llegó la infrecuente ocasión importante, la convirtieron en algo trivial. La debilidad de su tono y sus mezquinas deshonestidades mutuas indignaron a los militares hasta el asco; y también fueron malas para nosotros, puesto que dejaban en evidencia de manera flagrante al Alto Comisionado, cuyas botas los Graham no eran dignos de limpiar.
Wingate, que tenía plena confianza en su propio dominio de la situación en el Oriente Medio, preveía prestigio y grandes beneficios para el país en el desarrollo árabe; pero a medida que las críticas arreciaban lentamente contra McMahon, se distanció de él, y Londres empezó a insinuar que se le podría dar un mejor uso, mediante una mano experimentada, a una madeja tan sutil y enredada.
Comoquiera que fuese, las cosas en el Hiyaz fueron de mal en peor. * No se proporcionó ningún enlace adecuado para las fuerzas árabes en campaña, * no se dio información militar a los jerifes, * no se sugirió ningún consejo táctico ni estrategia, * no se hizo ningún intento por averiguar las condiciones locales y adaptar los recursos materiales existentes de los Aliados