su guardia escabullirse de sus maltrechas trincheras a través del puente para ponerse a cubierto en el terraplén del ferrocarril.
Este terraplén tenía veinte pies de altura. Si los guardias del puente decidían defender su puente a través de los arcos, se encontrarían en una posición muy costosa. Sin embargo, calculábamos que la atracción de sus camaradas en la estación los alejaría. Destacué a la mitad de mi guardia personal, portando explosivos, para que avanzaran por la cresta de la ametralladora hasta quedar a tiro de piedra del reducto.
Era una tarde noble, dorada, apacible e indescriptiblemente tranquila; un contraste con nuestro incesante cañoneo. La luz menguante brillaba sobre el ángulo de las crestas, y sus suaves rayos modelaban estas y hasta su más mínimo contorno en una delicada complejidad de planos.
Luego el sol se hundió un segundo más, y la superficie quedó en sombra, de la cual por un momento surgieron, hieráticos, los innumerables pedernales que la cubrían; cada faceta occidental (reflectante) coronada con una llama como un diamante negro.
Una tarde muy poco propicia para morir, parecieron pensar mis hombres: por primera vez les fallaron los nervios y se negaron a abandonar su refugio ante las balas repiqueteantes del enemigo. Estaban cansados, y sus camellos, tan agotados que apenas podían caminar; además, sabían que una sola bala en la gelatina explosiva los mandaría por los aires.
Un intento de animarlos con una broma fracasó; al fin los abandoné, eligiendo tan solo a Hemeid, el más joven y tímido de entre ellos, para que subiera conmigo a la cima de la colina.
Temblaba como un hombre en un sueño febril, pero me siguió en silencio. Descendimos cabalgando por la cresta hasta su extremo más alejado, para observar de cerca el puente.