nuestras ropas y nuestros camellos aún estábamos cubiertos de polvo, amarillos y pesados por él de pies a cabeza, se precipitó un torrente de lluvia espesa que nos embarró hasta los huesos. El valle comenzó a correr en charcos de agua, y Dakhil-Allah nos instó a cruzarlo rápidamente. El viento roló una vez más, esta vez hacia el norte, y la lluvia arreció impulsada por este en densas ráfagas de salpicadura. Atravesó nuestros mantos de lana en un instante, los ciñó —junto con nuestras camisas— a nuestros cuerpos y nos heló hasta los tuétanos.
Llegamos a la barrera de colinas a media tarde, pero encontramos el valle desolado y sin refugio, más frío que nunca. Tras cabalgar por él durante tres o cuatro millas, nos detuvimos y trepamos por un gran risco para ver el ferrocarril que, según decían, se encontraba justo al otro lado.
En lo alto, el viento era tan terrible que no podíamos aferrarnos a las rocas mojadas y resbaladizas contra el golpeteo e hinchazón de nuestras capas y faldas. Me quité la mía y subí el resto del camino medio desnuda, con mayor facilidad y apenas más fría que antes. Pero el esfuerzo resultó inútil, ya que el aire era demasiado espeso para divisar nada.
Así que bajé, magullada y cortada, hasta donde estaban los demás; y me vestí entumecida. De regreso sufrimos la única baja de este viaje. Sultán había insistido en venir con nosotros, y su sirviente ateibi, que tenía que seguirlo aunque no servía para las alturas, resbaló en un mal paso con una caída de cuarenta pies hasta las piedras, precipitándose de cabeza.
Cuando volvimos, mis manos y mis pies estaban demasiado destrozados para servirme por más tiempo, y me tendí a temblar durante una hora más o menos mientras los demás enterraban al muerto en un valle secundario. A su regreso se cruzaron de pronto con un jinete desconocido en camello que atravesaba su camino. Les disparó. Ellos devolvieron el fuego, disparando a la carrera a través de la lluvia, y la tarde se lo tragó.