Abdula fue al teléfono e intentó conseguir el consentimiento de su padre para que yo fuera al interior. El Jerife contempló la propuesta con profunda desconfianza. Abdula discutió el asunto, ganó algo de ventaja y pasó el auricular a Storrs, quien aplicó toda su diplomacia con el viejo. Era una delicia escuchar a Storrs en pleno apogeo, por el mero uso de la lengua árabe y también como lección para cualquier inglés vivo sobre cómo tratar a orientales suspicaces o reacios. Era casi imposible resistírsele durante más de unos pocos minutos y, en este caso también, se salió con la suya. El Jerife volvió a pedir a Abdula y lo autorizó a escribir a Ali para sugerirle que, si lo creía conveniente y si las condiciones eran normales, se me permitiera continuar hacia donde estaba Feisal, en el Yebel Subh; y Abdula, bajo la influencia de Storrs, transformó este mensaje cauteloso en instrucciones escritas y directas para que Ali me proporcionara cabalgadura lo mejor y más rápidamente posible y me condujera, con mano segura, al campamento de Feisal. Como esto era todo lo que yo quería, y la mitad de lo que quería Storrs, fuimos a almorzar.
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