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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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VI

Había en ellos una desesperanzada falta de iniciativa, consumida por la fiebre, que los convertía en los soldados más obedientes, más sufridos y de menor espíritu del mundo.

Tales hombres eran víctimas naturales de sus oficiales levantinos, ostentosamente viciosos, conducidos a la muerte o desperdiciados por el abandono, sin que nadie los contara.

En verdad, los hallamos convertidos en meros tajos para las pasiones más viles de sus comandantes. Tan poco los valoraban, que en su trato no tomaban ninguna de las precauciones ordinarias.

El examen médico de algunos contingentes de prisioneros turcos reveló que casi la mitad padecía enfermedades venéreas contraídas de manera antinatural. La sífilis y afines no se comprendían en el país; y el contagio corríase de uno a otro por el batallón, donde los conscriptos servían durante seis o siete años, hasta que al término de su período los supervivientes, si venían de hogares decentes, se avergonzaban de regresar, y derivaban ya fuera al servicio de la gendarmería, o bien, convertidos en hombres rotos, al trabajo informal en los pueblos; y así descendía la natalidad.

El campesinado turco de Anatolia se moría a causa de su servicio militar.

Podíamos ver que se necesitaba un nuevo factor en el Oriente, alguna potencia o raza que superara a los turcos en número, en producción y en actividad mental. La historia no nos ofrecía ningún estímulo para pensar que estas cualidades pudieran ser suministradas ya hechas desde Europa. Los esfuerzos de las potencias europeas por mantener un punto de apoyo en el Levante asiático habían resultado uniformemente desastrosos, y ningún pueblo occidental nos caía lo suficientemente mal como para embaucarlos en nuevos intentos.

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