que media entre la Tehama y el alto escarpe de la meseta en torno a Medina. Estos Tareif Beni Ayub descendían por el norte hacia una serie azulada de colinas más pequeñas, de aspecto suave, tras las cuales, alta cordillera tras cordillera en una abrupta escalinata, roja ahora que el sol descendía, ascendían hasta la imponente masa central del Jebel Subh con sus fantásticos chapiteles de granito.
Un poco más tarde doblamos a la derecha, saliendo del camino de los peregrinos, y tomamos un atajo a través de un terreno que ascendía gradualmente de crestas de basalto planas, sepultadas en la arena hasta que solo sus cúspides sobresalían de la superficie.
Tenía la humedad suficiente como para estar bien poblado de hierba dura y reseca y de arbustos en las laderas, donde pastaban unas pocas ovejas y cabras.
Allí Tafas me mostró una piedra que marcaba el límite del distrito de los Masruh, y me dijo con sombría satisfacción que ya estaba en su casa, en las tierras de su tribu, y que podía bajar la guardia.
Los hombres han considerado el desierto como tierra estéril, posesión gratuita de quien quisiera; pero, de hecho, cada colina y cada valle en él tenían un hombre que era su dueño reconocido y que pronto haría valer el derecho de su familia o clan sobre ellos ante cualquier agresión. Incluso los pozos y los árboles tenían sus amos, quienes permitían a los hombres hacer leña de los primeros y beber de los segundos libremente, tanto como fuera necesario para sus necesidades, pero que contenían al instante a cualquiera que intentara sacar provecho de la propiedad y explotarla a ella o a sus productos entre otros para beneficio privado. El desierto se regía por un comunismo alocado según el cual la naturaleza y los elementos eran para el libre uso de toda persona conocida y amiga