De modo que la justicia de Alí avanzó rauda antes de que pudieran traer las fuentes de comida. Escuchó y condenó a los de Bisha en un instante, y mandó que sus esclavos les aplicaran el castigo dentro de las ruinas. Volvieron, un tanto avergonzados, besaron las manos en señal de avenencia y perdón, y un grupo reconciliado se hincó de hinojos ante la comida.
Los banquetes de los Howeitat habían estado empapados en mantequilla; los Beni Sakhr rebosaban. Teníamos la ropa salpicada, la boca desbordándose, las yemas de los dedos escaldadas por el calor.
A medida que se calmaba la agudeza del hambre, las manos se sumergían con más lentitud; pero la comida aún distaba mucho de su justo final cuando Abd el Kader gruñó, se puso de pie de un salto, se limpió las manos con un pañuelo y volvió a sentarse sobre las alfombras junto a la pared de la tienda.
Dudamos, pero Ali musitó «El fellah» y la faena continuó hasta que todos los hombres de nuestro corro estuvieron soplados y los más frugales de entre nosotros empezaron a lamerse la grasa espesa de los dedos doloridos.
Ali se aclaró la garganta y volvimos a nuestras alfombras mientras el segundo y tercer turno en torno a las fuentes quedaban satisfechos.
Una criaturita de unos cinco o seis años, con una blusa mugrienta, se sentó allí tragando solemnemente con ambas manos de principio a fin y, al final, con la barriga hinchada y la cara reluciente de grasa, se marchó tambaleándose sin decir palabra, abrazando contra el pecho, triunfante, una enorme costilla sin limpiar.
Delante de la tienda los perros rompían los huesos secos ruidosamente, y el esclavo de Mifleh en el rincón partía el cráneo de la oveja y chupaba los sesos.