Él se mostró digno de esta hazaña. Nunca dictó un fallo parcial, ni una decisión de una justicia tan impracticable que hubiese de conducir al desorden.
Ningún árabe impugnó jamás sus fallos, ni cuestionó su sabiduría y competencia en los asuntos tribales.
Separando pacientemente lo justo de lo injusto, mediante su tacto y su maravillosa memoria, se ganó la autoridad sobre los nómadas desde Medina hasta Damasco y más allá.
Se le reconoció como una fuerza que trascendía a la tribu, que reemplazaba a los jefes de sangre y que era superior a las rivalidades.
El movimiento árabe se volvió nacional en el mejor sentido, puesto que en su seno todos los árabes estaban unidos y por él debían dejarse de lado los intereses particulares; y en este movimiento, el lugar principal —por derecho de esfuerzo y por derecho de capacidad— lo había ganado justamente el hombre que lo ocupó durante aquellas pocas semanas de triunfo y los más largos meses de desilusión después de que Damasco fuera liberada.