bienintencionado comandante no tenía la amplitud de miras de Boyle, el fogoso político y constitucionalista revolucionario, ni el cerebro de Linberry, del Hardinge, que se nutría de los chismes de la costa en cada puerto al que llegaba y que se esmeraba por comprender la naturaleza de todas las clases en su jurisdicción.
Al parecer, más me valía salir rajando hacia Dufferin y poner orden. Zeid era un buen tipo, pero con seguridad haría alguna excentricidad en sus vacaciones forzosas; y por entonces necesitábamos paz.
Faysal envió a unos ageyl conmigo y nos dimos prisa hacia Yenbo; de hecho, llegué en tres horas, dejando a mi disgustado escolta (que decía que no iba a agotar ni a los camellos ni sus posaderas por mi impaciencia) a mitad de camino, de regreso por la llanura tan cansadamente conocida por mí.
El sol, que había resultado delicioso sobre nuestras cabezas en las colinas, ahora, al atardecer, nos brillaba directo a la cara con una furia blanca, ante la cual tuve que apretar la mano como escudo sobre mis ojos. Faysal me había dado un camello de carreras (un regalo del emir de Nejd a su padre), el animal más fino y de trote más duro que jamás había montado. Más tarde murió de exceso de trabajo, sarna y el inevitable abandono en el camino a Áqaba.
A la llegada a Yenbo las cosas no eran como se esperaba. Zeid se había embarcado y el Dufferin había partido esa mañana hacia Rabegh. Así que me senté a hacer cuentas de la ayuda naval que necesitaríamos en el camino a Wejh y a idear medios de transporte. Faysal había prometido esperar en Owais hasta recibir mi informe de que todo estaba listo.
El primer choque fue un conflicto entre los poderes civil y militar. Abd el Kader, el enérgico pero temperamental gobernador, se había visto abrumado de deberes a medida que nuestra base crecía en tamaño, hasta que Feisal le añadió un comandante militar, Tewfik Bey, un sirio de