Una tarde, leía tranquilamente en la tienda de Marshall en Ácaba (me alojaba con Marshall, nuestro médico escocés, siempre que estaba en el campamento), cuando entró sobre la arena silenciosa un ageyly, delgado, moreno y bajito, pero vestido con suntuosidad.
Llevaba al hombro la alforja de Hasa más rica que jamás había visto. Su tapicería de lana en verde y escarlata, blanco, naranja y azul, tenía borlas tejidas a los lados en cinco hileras, y del centro y del fondo colgaban serpentinas de metro y medio, de diseño geométrico, aborladas y con flecos.
Saludándome respetuosamente, el joven arrojó la alforja sobre mi alfombra, diciendo «Tuya» y desapareció tan repentinamente como había llegado.
Al día siguiente regresó con una silla de camello de igual belleza, con los largos cuernos de latón de su arzón adornados con un exquisito grabado yemení antiguo.
Al tercer día reapareció con las manos vacías, con una pobre camisa de algodón, y se dejó caer hecho un ovillo ante mí, diciendo que deseaba entrar a mi servicio. Tenía un aspecto extrañísimo sin sus túnicas de seda; pues su rostro, arrugado y estragado por las viruelas, y sin pelo, podría haber tenido cualquier edad; mientras que conservaba el cuerpo flexible de un muchacho, y algo de la temeridad de un muchacho en su apostura.
Su largo cabello negro estaba cuidadosamente trenzado en tres brillantes cordones a cada lado de las mejillas. Sus ojos eran débiles, cerrados hasta formar rendijas. Su boca era sensual, floja, húmeda; y le confería una expresión de buen humor, medio cínica. Le pregunté su nombre; respondió que Abdula, apellidado el Nahabi, o el Bandido; el sobrenombre, dijo, era una herencia de su respetado padre.