Aquellos de nosotros que éramos limpios íbamos al fondo de la tienda, donde el faldón de la tela del techo, más allá de los últimos postes, colgaba a modo de cortina final; y en este pañuelo del clan (cuya gruesa malla de pelo de cabra era flexible y lustrosa por el mucho uso) nos quitábamos la mayor parte de la grasa de las manos.
Luego volvíamos a nuestros asientos y los retomábamos suspirando; mientras los esclavos, dejando a un lado su porción, los cráneos de las ovejas, pasaban por nuestra fila con un cuenco de madera lleno de agua y una taza de café a modo de cucharón, para salpicarnos los dedos mientras los frotaba-mos con la pastilla de jabón tribal.
Entretanto, el segundo y el tercer turno ante el plato tenían su momento, y luego habría una taza más de café, o un vaso de té espeso como almíbar; y por fin traerían los caballos y nos deslizaríamos hacia ellos, y montaríamos, con una silenciosa bendición para los anfitriones al pasar.
Cuando dábamos la espalda, los niños corrían en desorden hacia el plato devorado, se arrancaban los huesos roídos unos a otros, y escapaban al campo abierto con valiosos fragmentos para ser devorados con seguridad tras algún arbusto lejano: mientras los perros guardianes de todo el campamento merodeaban chasqueando los dientes, y el dueño de la tienda alimentaba a su galgo con los despojos más selectos.