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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XXXII

más de leche que nos ofreció el entusiasta Fahad, pude caminar sin ayuda hasta mi camello y montarlo con agilidad. Cabalgamos por el último tramo del uadi Gara hasta la cresta, entre conos de cenizas negras procedentes de un cráter situado al sur. Desde allí nos desviamos hacia un valle secundario que terminaba en una chimenea empinada y rocosa, por la cual subimos a nuestros camellos tirando de ellos.

Más adelante tuvimos un fácil descenso alwadi Murrmiya, cuyo centro erizado de lava parecía hierro galvanizado, a cada lado del cual había lechos de arena lisa, de buena marcha.

Al cabo de un rato llegamos a una brecha en la colada, que servía de camino hacia el otro lado. Por ella cruzamos, encontrando la lava salpicada de tierras aparentemente de extrema riqueza, pues en ellas había frondosos árboles y praderas de hierba auténtica, salpicadas de flores, el mejor pastizal de todo nuestro trayecto, que parecía maravillosamente más verde debido a las cortezas de roca negriazuladas y retorcidas que lo rodeaban.

La lava había cambiado de carácter. Aquí no había montones de piedras sueltas, del tamaño de una calavera o de la mano de un hombre, frotadas y redondeadas entre sí; sino frondas amontonadas y cristalizadas de roca metálica, totalmente intransitables para los pies descalzos.

Otro divisorio de aguas nos condujo a un paraje abierto donde los jeheina habían arado unas ocho acres de suelo escaso bajo un matorral de arbustos. Dijeron que había otros campos similares en las inmediaciones, mudos testigos del valor y la persistencia de los árabes. Se llamaba Wadi Chetf, y tras él vino otro río de lava fracturado, el peor encontrado hasta entonces. Un sendero sombrío lo cruzaba en zigzag. Perdimos un camello con una pata delantera rota, a consecuencia de un

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