La cena prometía, ya que un juheini había cazado esa tarde una gacela para Feisal. La carne de gacela nos pareció mejor que cualquier otra en el desierto, porque este animal, por muy estéril que fuera la tierra y secos los abrevaderos, parecía poseer siempre un cuerpo gordo y jugoso.
La comida fue el éxito esperado. Nos retiramos temprano, sintiéndonos demasiado llenos: pero poco después de que Newcombe y yo nos hubiéramos estirado en nuestra tienda, nos sobresaltó una ola de entusiasmo que recorría las filas; camellos al trote, disparos y gritos. Un esclavo sin aliento asomó la cabeza por la solapa gritando: «¡Noticias! ¡Noticias! Sherif Bey ha caído prisionero».
Me levanté de un salto y corrí entre la multitud que se agolpaba hacia la tienda de Feisal, que ya estaba asediada por amigos y sirvientes. Con Feisal se sentaba, con una compostura portentosa y antinatural en medio del estrépito, Raja, el miembro de la tribu que había llevado a Abdulla el recado de avanzar hacia Wadi Ais. Feisal estaba radiante, con los ojos hinchados de alegría, mientras se ponía en pie de un salto y me gritaba por encima de las voces: «Abdulla ha capturado a Eshref Bey». Entonces supe cuán grande y bueno era el acontecimiento.
Eshref era un aventurero célebre en los estratos más bajos de la política turca. En su juventud, cerca de su hogar en Esmirna, no había sido más que un bandido, pero con los años se convirtió en revolucionario, y cuando finalmente fue capturado, Abdul Hamid lo exilió a Medina durante cinco variopintos años. Al principio estuvo allí con reclusión estricta, pero un día rompió la ventana del retrete y escapó con Shehad, el beodo emir, a su suburbio de Awali. Shehad estaba, como de costumbre, en guerra con los turcos y le dio asilo; pero Eshref, al encontrar la vida aburrida, acabó pidiendo prestada una magnífica yegua y cabalgó hasta los cuarteles turcos.