Nasir atacó la estación de Hesa a su vieja usanza, cortando la línea hacia el norte y el sur la noche anterior, y abriendo un intenso bombardeo contra los edificios cuando hubo suficiente luz para ver. Rasim era el artillero y el cañón, nuestra antigüedad Krupp de Medina, Wejh y Tafileh. Cuando los turcos cedieron, los árabes cargaron hacia la estación, con los Beni Sakhr y los Howeitat disputándose la delantera.
No tuvimos, por supuesto, ninguna baja; como era siempre la costumbre con tales tácticas. Hornby y Peake redujeron el lugar a un montón de ruinas. Volaron el pozo, los tanques, las máquinas, las bombas, los edificios, tres puentes, el material rodante y unas cuatro millas de vía férrea.
Al día siguiente, Nasir marchó hacia el norte y destruyó la estación de Faraifra. Peake y Hornby continuaron su labor ese día y el siguiente. En conjunto, aquello sonó como nuestra mayor demolición. Decidí subir y comprobarlo por mí mismo.
Una docena de mis hombres marcharon conmigo. Bajo la cresta de Rasheidiya llegamos al árbol solitario, Shejerat el Tayar. Mis hauranis detuvieron las monturas bajo sus ramas espinosas, en las que había clavados numerosos jirones de ropas ofrecidas por los caminantes. Mohammed dijo: «Sobre ti, oh Mustafa». De mala gana, Mustafa bajó de la silla y, prenda a prenda, se quitó la ropa hasta quedarse casi desnudo, momento en que se tendió arqueándose sobre el mojón derrumbado. Los otros hombres desmontaron, cogieron cada uno una espina y, en desfile solemne, se las clavaron (duras y afiladas como el bronce) bien hondo en la carne, dejándolas allí plantadas.