Sus lugartenientes Nasir, Sharraf o Ali ibn el Husayn secundaban sus planes con mente y corazón, de modo que mi papel se reducía a ser sintético. Combinaba sus dispersas lluvias de chispas en una llama firme; transformaba su serie de incidentes inconexos en una operación consciente.
Partimos en la mañana del diez de abril, tras las cordiales despedidas de Abdulla.
Mis tres ageyl iban nuevamente conmigo; y Arslán, el pequeño polichinela sirio, muy consciente de su atuendo árabe y del cómico aspecto y modales de todos los beduinos.
Montaba vergonzosamente y sufrió desdichas durante todo el camino debido a los incosteables pasos de sus camellos: pero mitigaba su amor propio señalando que en Damasco ningún hombre decente montaría un camello, y su buen humor demostrando que en Arabia nadie, salvo un damasceno, montaría un camello tan malo como el suyo.
Mohammed el Kadhi era nuestro guía, acompañado de seis juheina.
Subimos por el uadi Tleih tal como habíamos venido, pero nos desviaremos a la derecha, evitando la lava. No habíamos llevado comida, así que nos detuvimos en unas tiendas para pedir la hospitalidad de su arroz y leche. Esta primavera en las colinas era la época de abundancia para los árabes, cuyas tiendas estaban llenas de leche de oveja, de cabra y de camello, con todo el mundo bien alimentado y de buen aspecto. Después cabalgamos, con un tiempo parecido al de un día de verano en Inglaterra, durante cinco horas por un valle estrecho y arrasado por las crecidas, el uadi Osman, que serpenteaba entre las colinas pero ofrecía un camino fácil.