Se lo planteamos, no de forma abstracta, sino concreta, para su propio caso, cómo la vida en masa era únicamente sensual, para ser vivida y amada en su extremo.
No podía haber albergues para la revuelta, ni dividendo de alegría alguno que se pagara. Su espíritu era acumulativo, para perdurar tanto como los sentidos perdurasen, y para usar cada uno de tales avances como base para una nueva aventura, una privación más profunda, un dolor más agudo.
El sentido no podía mirar hacia atrás ni hacia adelante. Una emoción sentida era una emoción conquistada, una experiencia muerta que enterrábamos al expresarla.
Pertenecer al desierto era, como bien sabían, la condena de librar una batalla sin fin contra un enemigo que no era del mundo, ni de la vida, ni de nada, sino de la esperanza misma; y el fracaso parecía la libertad que Dios concedía a la humanidad. Solo podíamos ejercer esta, nuestra libertad, absteniéndonos de hacer lo que estaba en nuestro poder hacer, pues solo así la vida nos pertenecería y la habríamos dominado al tenerla en poco. La muerte parecería la mejor de todas nuestras obras, la última lealtad libre a nuestro alcance, nuestro descanso definitivo: y de estos dos polos, muerte y vida, o, de manera menos rotunda, descanso y subsistencia, rehuiríamos la subsistencia (que era la materia de la vida) en todo lo que no fuera su grado más tenue, y nos aferraríamos firmemente al descanso. De este modo contribuiríamos a promover el no hacer por encima del hacer. Podría haber algunos hombres, estériles; cuyo descanso fuera infecundo; pero la actividad de estos habría sido meramente material. Para engendrar cosas inmateriales, cosas creativas, partícipes del espíritu y no de la carne, debemos ser celosos de no gastar tiempo o esfuerzo en las