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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XCVI

Los ageyl contemplaron la ceremonia con la boca abierta, pero antes de que terminara se deslizaron como monos, con sonrisas lascivas, y clavaron sus espinas allí donde fuesen más dolorosas. Mustafa se estremecía en silencio hasta que oyó decir a Mohammed: «Levántate», usando la flexión femenina. Con tristeza se arrancó las espinas, se vistió y volvió a montar. Abdulla no conocía el motivo del castigo, y la actitud de los hauranis demostraba que no deseaban que se lo preguntara. Llegamos a Hesa y encontramos a Nasir, con seiscientos hombres, oculto bajo acantilados y arbustos, temeroso de los aviones enemigos, que habían matado a muchos. Una bomba había caído en un charco mientras once camellos bebían, y los había arrojado a todos, muertos, formando un círculo alrededor del agua entre flores desgarradas de adelfa. Escribimos al mariscal del aire Salmond pidiendo un contraataque vengativo.

El ferrocarril seguía en poder de Nasir, y siempre que tenían explosivos, Hornby y Peake bajaban a él. Habían volado un desmonte y estaban perfeccionando un nuevo sistema de destrucción de vías, volteando cada tramo a fuerza de brazos en cuanto lo cortaban. Los daños se extendían desde Sultani, en el norte, hasta Jurf, en el sur. Catorce millas.

Nasir comprendía perfectamente la importancia de mantener su actividad, y parecía haber esperanzas razonables de que resistiera. Había encontrado una cueva cómoda y a prueba de bombas entre dos arrecifes de piedra caliza que, articulados como dientes, brotaban de la ladera verde. El calor y las moscas del valle todavía no eran formidables. Este corría repleto de agua: fértil en pastos.

A espaldas se encontraba Tafileh y, si Nasir se veía acorralado, no tenía más que enviar un mensaje para que los campesinos montados de los pueblos, a lomos de sus toscos ponis con alegres cascabeles tintineantes, acudieran en avalancha a través de la cordillera en su auxilio.

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