callejero a la normalidad; con dulces, bebidas heladas, flores y pequeñas banderas del Hiyaz siendo pregonadas por sus vendedores ambulantes como antes.
Volvimos a la organización de los servicios públicos. Un acontecimiento divertido para mí, personalmente, fue una visita oficial del Cónsul de España, un individuo educado de habla inglesa, que se presentó como Encargado de Negocios de diecisiete nacionalidades (incluidos todos los combatientes excepto los turcos) y que buscaba en vano a la autoridad legal constituida del pueblo.
A la hora del almuerzo, un médico australiano me imploró, por el bien de la humanidad, que prestara atención al hospital turco. Repasé mentalmente nuestros tres hospitales —el militar, el civil, el de la misión— y le dije que se les atendía tan bien como nuestros medios lo permitían. Los árabes no podían inventar medicamentos, ni Chauvel podía dávanoslos.
Siguió explayándose; describiendo una enorme hilera de edificios inmundos sin un solo médico ni enfermero, abarrotados de muertos y moribundos; principalmente casos de disentería, pero al menos algo de fiebre tifoidea y, solo cabía esperar, nada de tifus ni cólera.
En sus descripciones reconocí los cuarteles turcos, ocupados por dos compañías australianas de la reserva urbana. ¿Había centinelas en las puertas? Sí, dijo, aquel era el lugar, pero estaba lleno de enfermos turcos. Me acerqué y negocié con la guardia, que desconfiaba de mi inusual llegada a pie. Tenían órdenes de impedir la entrada a todos los nativos no fuera que masacraran a los pacientes—un malentendido sobre la forma árabe de hacer la guerra. Por fin, mi discurso en inglés me permitió rebasar la pequeña caseta cuyo jardín estaba lleno de dos mocosos prisioneros exhaustos y desesperados.
Por la gran puerta del cuartel llamé, hacia los polvorientos y resonantes pasillos. Nadie respondió.