doloroso que planeamos pasar el mediodía en algún refugio. A las dos millas el valle se ensanchó, y más adelante llegamos a un acantilado bajo y desmoronado en la orilla oriental, enfrente de la desembocadura de Seil Raugha. Aquí el país parecía más verde y le pedimos a Auda que nos trajera caza. Mandó a Zaal por un lado y él mismo cabalgó hacia el oeste cruzando la llanura abierta que seextendía más allá de la vista, mientras nosotros nos desviábamos hacia los acantilados y encontrábamos bajo sus peñascos caídos y repisas socavadas abundantes rincones umbríos, frescos frente al sol y relajantes para nuestros ojos desacostumbrados.
Los cazadores regresaron antes del mediodía, cada uno con una buena gacela. Habíamos llenado nuestros odres en Fejr y podíamos gastarlos, pues el agua de Abu Ajaj estaba cerca: así que hubo un banquete de pan y carne en nuestras guaridas de piedra.
Estos caprichos, en medio de la lenta fatiga de las largas marchas continuas, resultaban muy agradables para la gente delicada de la ciudad que iba entre nosotros: para mí, y para Zeki, y para los sirios de Nesib, y en menor grado para el propio Nesib.
La cortesía de Nasir como anfitrión y su manantial de bondad innata lo hacían exquisito en sus atenciones hacia nosotros siempre que el camino lo permitía. A su paciente enseñanza debí la mayor parte de mi posterior competencia para acompañar a los árabes de las tribus en marcha sin arruinar su autonomía y su velocidad.
Descansamos hasta las dos de la tarde y llegamos a nuestra etapa, Khabr Ajaj, justo antes del anochecer, tras un monótono trayecto por una llanura aún más monótona que prolongaba el uadi Fejr hacia el este durante muchas millas.