así despistamos a sus jinetes de mulas hacia el norte, alejándolos del peligro. Awad participó con alegre interés en el juego y manejó bien su nuevo fusil.
Después subí con él a la cima de una colina que dominaba Batra y los valles que descendían hacia Aba el Lissan, y nos quedamos allí tumbados perezosamente hasta la tarde, observando a los turcos cabalgar en dirección vana, y a nuestros hombres dormidos, y a sus camellos pastando, y las sombras de las nubes bajas que parecían suaves hondonadas mientras corrían sobre la hierba bajo la luz pálida del sol.
Era un lugar pacífico, fresco y muy alejado del mundo inquieto. La austeridad de la altura avergonzaba y ahuyentaba el vulgar equipaje de nuestras preocupaciones. En lugar de la importancia, establecía la libertad, el poder de estar a solas, de zafarse de la escolta de nuestros yoes prefabricados; un descanso y un olvido de las cadenas del ser.