Bajando por la vía desde el sur venía una zorra con cuatro hombres, a cuyos oídos el chirrido de las ruedas había ensordecido nuestros disparos. La sección de los Rualla se deslizó bajo una alcantarilla a trescientos metros más arriba, mientras el resto de nosotros nos apretábamos en silencio junto al puente.
El vagoncito pasó confiado sobre la emboscada, cuyos hombres salieron a formar una línea tras el terraplén, mientras nosotros desfilábamos solemnemente por la pradera de enfrente. Los turcos disminuyeron la marcha horrorizados, saltaron y corrieron hacia la maleza; pero nuestros rifles restallaron una vez más y cayeron muertos.
El vagoncito depositó a nuestros pies su carga de alambre de cobre y herramientas telegráficas, con las cuales instalamos «tomas de tierra» en la línea de larga distancia.
Zaal prendió fuego a nuestra mitad de la estación, cuya carpintería rociada de gasolina ardió con facilidad. Los tablones y los tapices de tela se retorcían y sacudían convulsivamente mientras las llamas los devoraban.
Mientras tanto, los ageyl medían la gelatina y pronto encendimos sus cargas para destruir una alcantarilla, muchos rieles y furlongs de telégrafo. Con el estruendo de la primera explosión, nuestros cien camellos con las rodillas atadas se pusieron ágilmente de pie y, con cada detonación sucesiva, daban saltos aún más locos sobre tres patas hasta sacudirse el nudo de la cuerda en la cuarta, dispersándose en todas direcciones como estorninos hacia la nada.
Perseguirlos a ellos y a las ovejas nos llevó tres horas, plazo que los turcos nos concedieron gentilmente por gracia, pues de otro modo algunos de nosotros habríamos tenido que volver a casa a pie.
Nos alejamos unas pocas millas de la vía férrea antes de sentarnos a disfrutar de nuestro banquete de cordero.