Nuestro coche se hundía hasta los ejes en los neumáticos, y, mientras esperábamos, los hombres vertieron con desgana gasolina sobre un montículo de polvo y nos hirvieron té; té del Ejército, tan lleno de hojas como el agua de una crecida y amarilleado por leche en lata, pero bueno para las gargantas resecas.
Mientras bebíamos, los demás se pusieron a nuestra altura y comunicaron dos reventones de cámaras Beldam en lo más hurgado de su picado a una milla por minuto a través de la llanura abrasadora. Les dimos de nuestro té hervido y, riendo, se quitaron el polvo de la cara con manos grasientas. Parecían envejecidos, con aquella negrura grisácea en las cejas y pestañas blanqueadas y en los poros del rostro, excepto allí donde el sudor había abierto a surcos de bordes oscuros hasta la piel roja.
Bebieron deprisa (pues el sol caía, y aún nos quedaban cincuenta millas por recorrer), arrojando los últimos posos al suelo, donde las gotas corrían separadas como azogue sobre la superficie polvorienta hasta que se coagulaban y se hundían en orificios salpicados de perdigones sobre su grisura acumulada.
Luego condujimos a través del ferrocarril arruinado hasta Aba el Lissan, donde Joyce, Dawnay y Young informaron de que todo marchaba maravillosamente. De hecho, los preparativos estaban listos y se dispersaban: Joyce hacia El Cairo para ver a un dentista, Dawnay hacia el C. G. para decirle a Allenby que éramos prósperos y obedientes.