A medida que la pila de carne disminuía (a nadie le importaba realmente el arroz: la carne era el lujo), uno de los jefes howeitat que comía con nosotros sacaba su daga, de empuñadura de plata incrustada con turquesas, una obra maestra firmada por Mohammed ibn Zari, de Jauf, y cortaba en diagonal, desde los huesos más grandes, largos rombos de carne que se desgajaban fácilmente con los dedos; pues necesariamente se hervía muy tierna, ya que todo debía consumirse con la mano derecha, que era la única honorable.
Nuestro anfitrión estaba de pie junto al círculo, estimulando el apetito con piadosas exclamaciones.
A toda velocidad retorcíamos, desgarrábamos, cortábamos y engullíamos: sin hablar jamás, ya que la conversación habría insultado la calidad de la comida; aunque era propio sonreír en señal de agradecimiento cuando un invitado cercano pasaba un fragmento selecto, o cuando Mohammed el Dheilan entregaba solemnemente un enorme hueso sin grasa con una bendición.
En tales ocasiones yo correspondía al cumplido con algún trozo de entrañas horrible e imposible, una frivolidad que regocijaba a los Howeitat, pero que el benévolo y aristocrático Nasir contemplaba con desaprobación.
Al fin algunos de nos estuvimos casi llenos, y empezamos a jugar y rebuscar; mirando de reojo a los demás hasta que ellos también afirmaron el paso, y al fin cesaron de comer, el codo sobre la rodilla, la mano colgando de la muñeca por el borde de la bandeja para gotear, mientras la grasa, la mantequilla y los granos de arroz dispersos se enfriaban formando una grasa blanca y espesa que pegaba los dedos.
Cuando todos hubieron parado, Nasir se carraspeó con intención, y nos levantamos todos juntos a prisa con un explosivo «¡Dios os lo pague, oh anfitrión!», para agruparnos afuera entre las cuerdas de la tienda mientras los siguientes veinte invitados heredaban nuestras sobras.