Mi guardaespaldas hizo dos largas colas en la ladera. Joyce se había quedado en Tell Arar como fuerza de cobertura, con un centenar de hombres de Nuri Said, los rualla, los gurkhas y los automóviles; mientras nosotros nos escurríamos para cortar el ferrocarril de Palestina. Mi grupo parecería de beduinos, así que decidí avanzar abiertamente hacia Mezerib por la ruta más rápida, pues íbamos muy retrasados.
Por desgracia, atrajimos la atención enemiga. Un aeroplano serpenteó sobre nosotros y soltó bombas: una, dos, tres, fallos; la cuarta, en medio de nosotros.
Dos de mis hombres cayeron. Sus camellos, convertidos en masas sangrantes, se debatían en el suelo. Los hombres no tenían ni un rasguño y saltaron a la grupa de dos de sus compañeros.
Otra máquina pasó planeando junto a nosotros con el motor apagado. Dos bombas más y una sacudida que hizo girar mi camello y me despidió medio fuera de la silla con un entumecimiento ardiente en el codo derecho.
Sentí que estaba malherido y comencé a llorar de lástima: quedar fuera de juego justo cuando un día más de control habría significado un éxito rotundo. La sangre me corría por el brazo; quizás, si no la miraba, podría seguir adelante como si estuviera ileso.
Mi camello dio un bandazo ante una ráfaga de balas de ametralladora. Me aferré al arcos, y allí encontré mi brazo herido y funcional. Había creído que me lo habían arrancado de un tajo. Mi mano izquierda apartó la capa y tanteó en busca de la herida, para no encontrar más que una pequeña astilla de metal muy caliente, demasiado ligera para causar un daño real