Gasim abu Dumeik, jefe de los dhumaniyeh, nos esperaba con ansiedad, rodeado por sus rudos hombres de las tribus, con sus rostros cenicientos y tensos salpicados por la sangre de los combates de ayer. Hubo un profundo saludo para Auda y Nasir. Hicimos planes apresurados y nos dispersamos para ponernos manos a la obra, sabiendo que no podíamos avanzar hacia Ácaba con este batallón en posesión del desfiladero. A menos que lo desalojáramos, nuestros dos meses de riesgos y esfuerzos fracasarían antes de dar siquiera los primeros frutos.
Por fortuna, la mala gestión del enemigo nos dio una ventaja inmerecida.
Dormían todavía, en el valle, mientras coronábamos las colinas en un amplio círculo a su alrededor sin ser vistos. Empezamos a hostigarlos con fuego de fusilería de manera constante desde sus posiciones bajo las laderas y las paredes de roca junto al agua, con la esperanza de provocarlos para que salieran y subieran la colina en una carga contra nosotros.
Mientras tanto, Zaal se marchó con nuestros jinetes y cortó el telégrafo y el teléfono de Maan en la llanura.
Esto duró todo el día. Hacía un calor terrible—más intenso de lo que jamás lo había sentido en Arabia— y la ansiedad y el constante movimiento nos lo pusieron difícil. Incluso algunos de los duros hombres de las tribus se desmoronaron bajo la crueldad del sol, y se arrastraron o tuvieron que ser arrojados bajo las rocas para recuperarse en su sombra. Corríamos de arriba abajo para suplir nuestra falta de número con la movilidad, buscando siempre sobre las largas cadenas de colinas un nuevo punto desde el cual contrarrestar este o aquel esfuerzo turco. Las laderas eran empinadas y nos agotaban el aliento, y las hierbas se enredaban como pequeñas manos en nuestros tobillos mientras corríamos, tirando de nosotros hacia atrás. Los filosos salientes de piedra caliza que sobresalían en las crestas nos destrozaban los pies y, mucho