Justo al amanecer marchó nuestra columna. De ellos, mil eran el contingente de Aba el Lissan; tres cientos eran la caballería nómada de Nuri Shaalan. Él tenía también dos mil jinetes en camello de los Rualla: a estos les pedimos que los mantuviera en el Wadi Sirhan.
No parecía prudente, antes del día supremo, lanzar a tantos beduinos perturbadores entre los aldeanos del Hauran. Los jinetes eran jeques, o criados de jeques, hombres de sustancia, bajo control.
Los asuntos con Nuri y Feisal me retuvieron todo el día en Azrak: pero Joyce me había dejado una vaporosa, la Blue Mist, con la cual a la mañana siguiente alcancé al ejército y lo hallé desayunando entre la aspereza herbosa del Giaan el Khunna. Los camellos, felices de estar fuera del círculo estéril de Azrak, se llenaban el estómago apresuradamente con este excelente alimento.
Joyce tenía malas noticias. Peake se había reintegrado y comunicaba que no había podido llegar a la línea debido a problemas con los campamentos árabes en las inmediaciones del lugar donde pensaba realizar la voladura.
Teníamos grandes esperanzas puestas en cortar el ferrocarril de Amán, y el contratiempo resultaba irritante. Dejé el coche, tomé una carga de algodoncura y monté en mi camello para adelantarme a la fuerza.
Los demás dieron un rodeo para evitar las ásperas lenguas de lava que descendían hacia el oeste en dirección al ferrocarril; pero nosotros, los ageyl y otros jinetes de buenas monturas, cruzamos en línea recta por un sendero de bandidos hacia la llanura abierta en torno a las ruinas de Um el Jemal.