Abdula se ató las anchas mangas a los hombros; se metió la túnica por debajo del cinturón de cartuchos; y trepó con agilidad bajando y subiendo, trayendo cada vez cuatro o cinco galones que vertía para nuestros camellos en un abrevadero de piedra junto al pozo. Bebieron unos cinco galones cada uno, pues habían abrevado en Rabigh un día antes. Luego los dejamos vagar a su aire un rato, mientras nos sentábamos en paz, respirando la brisa ligera que llegaba del mar. Abdula se fumó un cigarrillo como recompensa por su esfuerzo.
Unos Harb se acercaron arreando un gran hato de camellas nodrizas y empezaron a abrevarlas, tras enviar a un hombre al fondo del pozo para que llenara su gran cubo de cuero, que los demás izaban brazo a brazo con un cántico fuerte y entrecortado.
Los observábamos sin mediar palabra; pues estos eran masruhs, y nosotros, beni salem; y aunque los dos clanes estaban ahora en paz y podían transitar por los respectivos distritos, esto no era sino un arreglo temporal para propiciar la guerra de los jerifes contra los turcos, y albergaba muy poca buena voluntad en su fondo.
Mientras observábamos, dos jinetes, que trotaban ligera y velozmente en camellos pura sangre, se acercaron a nosotros desde el norte. Ambos eran jóvenes. Uno iba vestido con ricas túnicas de Cachemira y un pesado pañuelo de seda bordado en la cabeza. El otro era más sencillo, de algodón blanco, con un tocado de algodón rojo. Se detuvieron junto al pozo; y el más espléndido se deslizó con gracia hasta el suelo sin hacer arrodillar a su camello, y le arrojó la Suhail al compañero, diciendo con despreocupación: «Abevértelos mientras voy allí y descanso».