quince minutos de esto, nos alegró llegar a un collado elevado sobre el cual anteriores viajeros habían amontonado pequeños mojones de conmemoración y gratitud. De esa índole habían sido los mojones ruteros de Masturah, en mi primer viaje por Arabia, desde Rabegh hasta Faisal.
Nos detuvimos para añadir uno al número, y luego descendimos por un valle arenoso hacia el Wadi Hanbag, un afluente grande y bien arbolado del Hamdh. Tras el terreno accidentado en el que habíamos estado prisioneros durante horas, la amplitud del Hanbag resultaba refrescante.
Su limpio lecho blanco discurría hacia el norte entre los árboles en una bella curva bajo escarpadas colinas de tonos rojos y marrones, con vistas de una o dos millas río arriba y río abajo. En las pendientes de arena más bajas del afluente crecían malas hierbas verdes y hierba, y nos detuvimos allí durante media hora para dejar que nuestros hambrientos camellos comieran aquel alimento jugoso y saludable.