a Auda, a Motlog, a Zaal… —¿Y a Mirzuk no? —inquirió Hejris con suavidad. Faisal le gritó que era un tonto, y el negro salió corriendo; mientras yo decía: «Ya casi ha terminado. Pronto podrás dejarme ir». Él protestó, diciendo que debía quedarme con ellos para siempre, y no solo hasta Damasco, como había prometido en Um Lejj. Yo, que tanto deseaba marcharme.
Llegaron unos pasos ligeros a la puerta de la tienda y se detuvieron, mientras los jefes recuperaban el rostro serio y se colocaban bien los pañuelos de la cabeza para entrar. Uno por uno se sentaron en silencio sobre las alfombras, diciendo cada cual con indiferencia: «Si Dios quiere, ¿bien?». A cada uno le respondió Feisal: «¡Alabado sea Dios!», y ellos se quedaron mirando con asombro sus ojos chispeantes.