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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XIV. La compañía en casa de Faisal

Las tribus habían seguido el humo de su fanatismo racial. Las ciudades podían suspirar por la empalagosa inactividad del dominio otomano: las tribus estaban convencidas de que habían creado un Gobierno libre y árabe, y de que cada una de ellas era el no va más. Eran independientes y se divertirían de lo lindo, una convicción y resolución que habrían podido conducir a la anarquía de no haber reforzado el vínculo familiar y los lazos de responsabilidad gentilicia.

Pero esto conllevaba la negación del poder central. El jerife podía ostentar la soberanía jurídica en el exterior, si le gustaba ese juguete rimbombante; pero los asuntos internos debían regirse por la costumbre. El problema de los teóricos extranjeros —«¿Ha de gobernar Damasco el Hiyaz, o puede el Hiyaz gobernar Damasco?»— no les preocupaba en absoluto, pues se negaban a plantearlo.

La idea semita de la nacionalidad era la independencia de los clanes y las aldeas, y su ideal de unión nacional era la resistencia episódica y combinada contra un intruso. Las políticas constructivas, un Estado organizado, un imperio extenso, no es que estuvieran fuera de su alcance visual, sino que les resultaban aborrecibles. Luchaban para librarse del Imperio, no para conquistarlo.

El sentimiento de los sirios y mesopotamios en estos ejércitos árabes era indirecto. Creían que al luchar en las filas locales, incluso aquí en el Hiyaz, estaban reivindicando los derechos generales de todos los árabes a la existencia nacional; y sin llegar a concebir un solo Estado, ni siquiera una confederación de Estados, miraban decididamente hacia el norte, deseando añadir un Damasco y un Bagdad autónomos a la familia árabe. Eran débiles en recursos materiales, y lo habrían sido aun después del triunfo, dado que su mundo era agrícola y pastoril, carente de minerales, y nunca podrían ser fuertes en armamentos modernos. De haber sido de otro modo, habríamos tenido que pensárnoslo antes de evocar en el

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