A la mañana siguiente me levanté temprano y salí entre las tropas de Feisal hacia el lado de Kheif, a solas, tratando de palpar el pulso de sus opiniones en un instante, mediante ardides como los jugados a sus jefes la noche anterior.
El tiempo era la esencia de mi empeño, pues era necesario obtener en diez días las impresiones que por lo común habrían sido el fruto de semanas de observación a mi manera de cangrejo, ese asunto de los sentidos que resbala de lado.
Normalmente yo avanzaba todo el día, con los sonidos inmediatos, pero ciego a cada detalle, solo consciente en general de que había cosas rojas, o cosas grises, o cosas claras a mi alrededor.
Hoy mis ojos debían conectarse directamente con mi cerebro, para poder notar una que otra cosa con mayor claridad en contraste con la bruma anterior. Tales cosas eran casi siempre formas: rocas y árboles, o los cuerpos de los hombres en reposo o movimiento: no cosas pequeñas como flores, ni cualidades como el color.
Sin embargo, aquí era muy necesario un reportero avispado. En esta monótona guerra, la menor irregularidad era una alegría para todos, y el mejor recurso de McMahon consistía en explotar la imaginación latente del Estado Mayor. Yo creía en el movimiento árabe y estaba convencido, incluso antes de llegar, de que en él residía la idea de hacer pedazos a Turquía; pero a otros en Egipto les faltaba fe y no se les había enseñado nada inteligente sobre los árabes en campaña. Anotando algo del espíritu de estos románticos en las colinas cercanas a las Ciudades Santas, podría ganarme la simpatía de El Cairo para las