La idea, la creencia fundamental de todos los credos semíticos estaba allí esperando, pero tenía que ser diluida para hacérnosla comprensible. El chirrido de un murciélago era demasiado agudo para muchos oídos: el espíritu del desierto se escapaba a través de nuestra textura más burda. Los profetas regresaban del desierto con su destello de Dios y, a través de su medio manchado (como a través de un vidrio oscuro), mostraban algo de la majestad y el brillo cuya visión plena nos cegaría, ensordecería, silenciaría, nos serviría como le había servido al beduino, tornándolo extravagante, un hombre aparte.
Los discípulos, en su empeño por despojarse a sí mismos y a sus prójimos de todas las cosas conforme a la palabra del Maestro, tropezaron con las debilidades humanas y fracasaron. Para vivir, el aldeano o el ciudadano debe colmarse cada día de los placeres de la adquisición y la acumulación, y por el rebote de las circunstancias convertirse en el más burdo y material de los hombres. El desprecio refulgente por la vida que