Durante la mañana llovió de forma persistente; y nos alegró ver que nos llegaba más agua, y estábamos tan cómodos en las tiendas de Semna que retrasamos la salida hasta que el sol volvió a brillar a primera hora de la tarde.
Luego cabalgamos hacia el oeste valle abajo bajo la luz fresca. Primero detrás de nosotros vinieron los ageyl. Tras ellos, Abd el Kerim guio a sus hombres de los gufa, unos setecientos montados, con más de ese número siguiéndolos a pie. Iban vestidos de blanco, con grandes pañuelos para la cabeza de algodón a rayas rojas y negras, y agitaban ramas verdes de palma en lugar de banderas.
Junto a ellos cabalgaba el jerife Mohammed Ali abu Sharrain, un viejo patriarca de larga y rizada barba gris y porte erguido. Sus tres hombres de caballo eran Ashraf, del linaje de los Aiaishi (Juheina), jerifes reconocidos, aunque solo aceptados en masa, ya que no habían inscrito sus genealogías. Llevaban túnicas rojo herrumbroso teñidas con alheña, bajo capas negras, y portaban espadas. Cada uno llevaba un esclavo agachado a su espalda sobre lagrupa para ayudarle con el fusil y el puñal en el combate, y para cuidar de su camello y cocinarle en el camino. * Los esclavos, como correspondía a esclavos de amos pobres, iban muy poco vestidos. * Sus fuertes piernas negras aferraban los costados lanudos de los camellos como en un tornillo de banco, para aminorar las sacudidas inevitables en sus monturas huesudas, al tiempo que se habían atado los harapos de sus camisas en la