Había llegado a esta útil etapa cuando se produjo un alboroto en las tiendas de los Toweiha. Hombres gritando corrieron hacia mí. Hice un esfuerzo por serenarme para calmar una pelea entre los árabes y el Cuerpo de Camelleros, pero en su lugar se trataba de una petición de ayuda contra una incursión de los šammar ocurrida hacía dos horas, allá por el Sneyrat. Ochenta camellos habían sido robados. Para no parecer del todo desconsiderado, monté en nuestros camellos de reserva a los cuatro o cinco de mis hombres cuyos amigos o parientes habían sufrido el golpe, y los envié.
Buxton y sus hombres partieron a media tarde, mientras que yo me demoré hasta el atardecer, viendo a mis hombres cargar nuestras seis mil libras de algodon pólvora en los treinta camellos de carga egipcios. Mi disgustado guardia personal tuvo que encargarse en esta marcha de guiar o arrear el tren de explosivos.
Habíamos juzgado que Buxton dormiría justo antes del Hadi, así que cabalgamos hacia allí: pero no vimos ninguna fogata ni el camino estaba pisado.
Asomamos la vista por la cresta de la cordillera, hacia un amargo viento del norte que soplaba desde el Hermon directo a nuestros rostros turbados. Las laderas del otro lado eran negras y silenciosas, y para nosotros, hombres de ciudad acostumbrados al hedor a humo, o a sudor, o al fermento de la tierra recién cavada, había algo penetrante, inquietante, casi peligroso, en el metálico viento del desierto.
Así que retrocedimos unos pasos y nos abrigamos bajo el borde de la cresta para dormir cómodamente en su aire claustral.