mientras esperaban la llegada de refuerzos, Ácaba se rendiría ante nosotros, tendríamos nuestra base en el mar y el ventajoso desfiladero de Itm se interpondría entre el enemigo y nosotros. Así pues, nuestra garantía de éxito consistía en mantener a Maán confiada y débil, sin sospechar nuestra malévola presencia en las inmediaciones.
Nunca nos resultó fácil mantener en secreto nuestros movimientos, ya que vivíamos predicando a los lugareños, y los no convencidos se lo decían a los turcos.
Nuestra larga marcha hacia Wadi Sirhan era conocida por el enemigo, y hasta el búho más civilizado no podía dejar de ver que el único objetivo adecuado era Ácaba.
La demolición de Bair (y también la de Jefer, pues teníamos la confirmación de que los siete pozos de Jefer estaban destruidos) demostró que los turcos estaban alerta en esa medida.
Sin embargo, era imposible medir la estupidez del ejército turco; un rasgo que nos ayudaba de vez en cuando y nos perjudicaba constantemente, pues no podíamos evitar despreciarlos por ello (siendo los árabes una raza dotada de una agilidad mental poco común, y que la sobrevalora) y un ejército sufre cuando es incapaz de rendir honor al enemigo.
Por el momento, se podía sacar provecho de esa estupidez; y así habíamos emprendido una campaña prolongada de engaño para convencerlos de que nuestro objetivo se hayaba más cerca de Damasco.
Eran susceptibles a la presión en ese vecindario, porque el ferrocarril de Damasco, al norte hacia Deraa y al sur hacia Amán, era la vía de comunicación no solo de Hiyaz, sino de Palestina; y si lo atacábamos haríamos un doble daño.