Durzi ibn Dughmi irrumpió pavoneándose y me dio la bienvenida, recordándome ingratamente su codicia en Nebk: un hombre tuerto, siniestro, de nariz aguileña; pesado, amenazante y mezquino, pero valiente. Allí estaba el Khaffaji, el hijo mimado de la vejez de Nuri, que esperaba de mí una amistad en pie de igualdad debido a su padre, y no por ninguna promesa en sí mismo: era lo suficientemente joven como para alegrarse de la inminente aventura de la guerra y estar orgulloso de sus nuevas armas erizadas.
Bender, el muchacho risueño, compañero de años y juegos de los Khaffaji, me hizo tropezar ante todos al suplicar un puesto en mi guardia personal. Había oído de labios de mi Rahail, su hermano de leche, hablar de sus desmedidas penas y alegrías, y la servidumbre lo llamaba con su encanto malsano.
Me escurrí, y cuando insistió aún más, zanjé el asunto mascullando que yo no era un rey para tener sirvientes shaalan. La mirada sombría de Nuri se encontró con la mía por un instante, en señal de aprobación.
A mi lado se sentaba Rahail, pavoneándose con su lozana persona en estridentes ropas. Al amparo de la conversación me susurró el nombre de cada jefe. No tenían que preguntar quién era yo, pues mi ropa y mi aspecto eran singulares en el desierto. Era una notoriedad ser el único afeitado, y la dupliqué vistiendo siempre la sospechosa seda pura, de la más blanca (al menos por fuera), con un cordón de cabeza de la Meca de oro y carmesí, y daga de oro. Al vestir así apostaba fuerte por una posición que la consideración pública que Feisal me tenía confirmaba.
Muchas veces en tales consejos había ganado y prendido fuego Feisal a nuevas tribus, muchas veces había recaído la tarea en mí; pero nunca hasta hoy habíamos estado activamente juntos en una misma compañía, reforzándonos y relevándonos el uno al otro, desde nuestros opuestos