cómo fuimos a la carga, todos, generales y oficiales de Estado Mayor, hasta los soldados, convencidos de que íbamos a perder; mientras Murray, en el cuartel general, trabajaba para conseguir una derrota perfectamente segura, que costara suficientes hombres como para demostrar que lo había intentado, pero no los suficientes como para resultar desastrosa. Cinco mil ochocientos fue el saldo de bajas. Decían que Allenby estaba recibiendo ejércitos de hombres nuevos, y cientos de cañones, y que todo cambiaría.
Antes de vestirme, el Comandante en Jefe mandó a llamarme, con curiosidad. En mi informe, pensando en Saladino y Abu Obeida, había recalcado la importancia estratégica de las tribus orientales de Siria y su uso adecuado como una amenaza a las comunicaciones de Jerusalén. Esto encajaba con sus ambiciones, y quería evaluarme.
Era una entrevista cómica, pues Allenby era físicamente grande y seguro de sí mismo, y moralmente tan magnánimo que le costaba comprender nuestra pequeñez. Estaba sentado en su silla mirándome, no de frente, como era su costumbre, sino de soslayo, desconcertado. Venía de recién llegada Francia, donde durante años había sido un engranaje de la gran máquina que trituraba al enemigo. Venía lleno de ideas occidentales sobre el poder de la artillería y el peso —el peor entrenamiento para nuestra guerra—, pero, como caballerizo, ya estaba medio convencido de abandonar la nueva escuela, en este mundo diferente de Asia, y acompañar a Dawnay y Chetwode por el gastado camino de la maniobra y el movimiento; sin embargo, apenas estaba preparado para algo tan extraño como yo: un hombrecito descalzo y con falda de seda que se ofrecía a coartar al enemigo mediante su prédica si le daban provisiones, armas y un fondo de doscientos mil soberanos para convencer y controlar a sus conversos.